-...sigues siendo la misma de antes. Ahora eres una versión más flaca de tus mismos problemas. Solamente cambia el peso en la báscula, pero la felicidad prometida cuando llegas a ese peso hermoso no es como la esperabas, ni siquiera te sientes satisfecha con ese número y piensas que quizá desde un inicio la meta estuvo mal planteada, te equivocaste, necesitas un número más bajo y una figura más escuálida para ser feliz. Pasa que la ropa no te queda como esperabas, el dinero que ahorrabas para comprar ropa cuando fueras delgada te lo gastaste en comida para darte atracones de los que después te arrepentías y sentías que morías, pasa que la vida no te ha estado esperando como tenías previsto y cuando menos te das cuenta, tienes años con la misma angustia oprimiéndote el pecho en la que solamente hay dos opciones: tener mucha hambre o sentirte gorda porque acabas de comer.
-¿Dónde quedaron mis 47 kilos que me hacían tan feliz? No eran los kilos, tonta, eras tú. No era pesar menos, era que eso te inspiraba a hacer las cosas bien. Jamás ese numerito te trajo la felicidad, la felicidad la buscabas tú en los pequeños detalles, en aprender a esperar mientras tu cuerpo se consumía en el hambre, esperabas con cosas buenas, esperabas con té, esperabas con quehaceres de la casa, con buena música y leyendo por las mañanas, por las tardes compartías con tu familia la única comida raquítica que te permitías, disfrutando a cada bocado porque sabías que no habría más hasta el día siguiente, te proponías retos, inventabas ocupaciones, salías con cualquier pretexto para evitar comer, te sentías bonita. Entonces tenías una meta y tenías un buen motivo para despertar todas las mañanas, eras feliz.
No sé por qué tengo versiones diferentes de cuando pesaba tantos kilos menos. Yo recuerdo que era feliz, pero quizá siempre estuvo esa angustia cuando dejaba de ocuparme. No lo sé.
